Bienvenidos a esta nueva esquina de CallejasWords, un rincón donde los cuentos son cortos, pero las ideas se creen larguísimas y hacen fila para colarse. Aquí no prometo finales felices —ni tristes—, porque mis historias suelen decidir su propio destino sin consultarme. Lo que sí prometo es movimiento: relatos que empiezan sin pedir permiso, personajes que se asoman cuando quieren y situaciones que a veces parecen inventadas… aunque no siempre lo sean.
Pasen, lean, curioseen. Si alguno de estos cuentos logra hacerles reír, pensar, recordar algo olvidado o, al menos, levantar una ceja con elegancia… misión cumplida.
Desde que nos mudamos a esta zona, cada vez que paro en la estación de gasolina me recibe la misma escena:
Un hombre de rostro sereno y sonrisa constante, tras la caja de la tienda de conveniencia.
No es la sonrisa de un cajero entrenado.
Ni una sonrisa de manual corporativo.
Es una sonrisa verdadera, tibia, que permanece incluso cuando no hay nadie delante.
Al principio, no lo notamos.
Uno anda ocupado llenando el tanque, buscando café o comprando un paquete de galletas.
Pero con los días, los meses, los años… esa sonrisa se volvió imposible de ignorar.
Nunca supimos su nombre.
En casa lo bautizamos como:
El hombre que sonríe.
Lo curioso era su parecido con Morgan Freeman.
Pero no con cualquier Morgan Freeman:
Con ese que el cine y la televisión eligen una y otra vez para interpretar a Dios.
Barba perfectamente recortada.
Tono de piel como madera pulida.
Ojos de sabiduría callada.
Como si en cualquier momento fuera a decir una frase celestial…
…con voz de documental de National Geographic.
Una parte de mí quería creer que sí era él.
Que, cansado de la fama, había buscado refugio en esta esquina del mundo para probar lo que se siente ser invisible.
Mi hija apostaba que había sido actor frustrado.
Mi hijo decía que debía ser pastor.
Yo armé mis propias fábulas: que fue cirujano en Haití, monje en Kentucky, o baterista de una banda de jazz que solo tocaba para sordos.
Ninguna teoría explicaba su sonrisa.
Más de una vez estuve tentado a preguntarle.
Una mañana ya tenía las palabras en la boca…
pero algo me detuvo.
Temí que, al romper el silencio, se quebrara el misterio.
Como si al pedir explicaciones al que sonríe, dejara de hacerlo.
Y quizás nadie debería tener que explicar la luz que lleva por dentro.
Una mañana pasé por la estación.
Estaba cerrada.
Vidrios rotos.
Cinta amarilla.
Silencio.
—¿Y el señor que sonreía? —pregunté al del puesto de flores.
Me miró con cara de confusión:
—Aquí no trabajaba nadie así.
Nos subimos al carro.
Mi hija me apretó la mano.
Y al encender el motor, sin ponernos de acuerdo…
sonreímos.
Nunca he sido una persona obsesionada con los ovnis. Solo alguien curioso, dispuesto a creer que no estamos tan solos como parece. A veces me pregunto cómo reaccionaría si un día tuviera uno frente a mí. Me gusta pensar que controlaría mis nervios, que actuaría con inteligencia, que incluso intentaría comunicarme.
Una vez lo soñé.
Me ofrecían cruzar un círculo luminoso suspendido en el aire hacia un lugar sin ruido ni dolor. Por un instante estuve dispuesto a dar el paso, pero el recuerdo de mis hijos me sostuvo de vuelta en la realidad. Qué raro es el cerebro cuando se deja iluminar por lo imposible.
La única vez que intenté un contacto real ocurrió una noche de diciembre. Esperaba el bus cuando una luz flotante apareció en el cielo, parpadeando como si respirara. No era avión, no era estrella; era algo más lento, más consciente, más atento.
El aire cambió.
No sé explicarlo de otra forma.
Sentí una presencia.
Algo que me observaba desde esa luz temblorosa, algo que parecía responder a mis pensamientos. Cerré los ojos y me lancé al vacío mental: envié señales, palabras sin sonido, preguntas que nunca me atrevería a decir en voz alta. La luz se movió apenas, delicada, casi humana.
El bus llegó.
La luz desapareció detrás de unos árboles.
Me quedé con un temblor extraño en el pecho, una especie de certeza sin pruebas.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba, las noticias dieron la explicación oficial.
“Luces avistadas anoche sobre la ciudad fueron identificadas como globos publicitarios soltados desde una feria navideña.”
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